“Estoy harta/o de probar cosas”: el agotamiento terapéutico
- Fiorella Martin Bertuzzi

- hace 3 días
- 4 Min. de lectura
Hay frases que ya son un clásico en la consulta:
“Probé TODO.”
“Nada me funciona.”
“Estoy cansada/o de tomar cosas.”
“Ya no sé si soy yo, la medicación o qué.”
El agotamiento terapéutico es real. Es ese cansancio físico y emocional que sentimos cuando convivimos con tratamientos que no terminan de cerrar, con efectos secundarios, con esperas eternas y sobre todo, con una esperanza que se renueva y se frustra una y otra vez.
Y no, no nos pasa solo a nosotros. Estudios en enfermedades crónicas como la diabetes, la hipertensión y los trastornos del ánimo muestran lo mismo: abandono del tratamiento en más del 50% de los pacientes dentro de los primeros meses.
¿Por qué? Porque vivir todos los días con una enfermedad invisible duele, limita, agota.
¿Por qué abandonamos tratamientos?
En migraña crónica, más del 50% de los pacientes deja su tratamiento preventivo en los primeros meses.
No siempre porque “no funciona”, sino porque:
– Los efectos secundarios son molestos
– No hay una mejoría clara o total
– Falta información sobre qué esperar
– El tratamiento se vive como una carga más
– El cansancio emocional se vuelve insoportable
Y también: porque no sabemos qué pedirle al tratamiento.
Hay personas que empiezan con 15 días de dolor por mes. Comienzan un preventivo, bajan a 6… ¡pero 6 no es cero!
Entonces sienten que “no funcionó”, lo suspenden y se frustran.
Otros, directamente, ni notan la mejoría, porque cuando el dolor cede un poco, aprovechan para hacer TODO lo que no podían:
Trabajar 12 horas sin descanso
Comer lo primero que encuentran
Salir 3 veces por semana
Llenar la agenda
Y en la mayoría de los casos… el cuerpo vuelve a explotar.
Ahí aparece la culpa, el “¿para qué tomo esto?”, el “no sirvo para tratarme”, el “algo estoy haciendo mal”.
Pero tal vez no es que estés haciendo algo mal, sino que necesitás acompañamiento, expectativas más realistas y un poco de pausa antes de tirar la toalla.
Lo emocional también pesa
Tratar una enfermedad crónica no es solo seguir un protocolo médico.
Es lidiar con una nueva realidad, el miedo, las dudas, la frustración, el cansancio y muchas veces… con la soledad.
Todo esto impacta mucho en las decisiones que tomamos. Ser consciente de estas cuestiones permite que veamos más allá de la pastillita.
Abandonar un tratamiento puede ser una forma de protegerse emocionalmente cuando el dolor nos agotó.
Por eso necesitamos más equipos de salud que escuchen, expliquen y acompañen, no solo que receten.
Y también espacios donde podamos decir (sin miedo a represalias):
“Estoy cansado/a.”
“No puedo sostener esto.”
“¿Podés ayudarme a ver si esto vale la pena?”
Lo que aprendí con los años
En los 10 años que me dedico a cefaleas aprendí que muchos pacientes no dejan tratamientos porque no quieren estar bien, sino porque no saben cómo sostenerlos.
Y también que, como médicos, aprendemos mucho sobre una medicación, pero no sabemos mucho de cómo convivir con ella.
No nos enseñan qué esperar en el día a día, cómo se notan los cambios de a poco, o cómo adaptar la vida para que esa medicación no nos haga sentir peor de lo que estábamos.
Créanme que no es tan fácil decirle a alguien que está sufriendo y al que uno quiere ayudar que:
✔ “Vas a seguir teniendo dolor, pero menos intenso.”
✔ “Esto no es una cura, es una herramienta.”
✔ “No podés volver al 100% apenas empieces a mejorar.”
✔ “No estás fallando, viene bajando la frecuencia de a poco.”
¿Cómo salimos de este círculo?
Revisar expectativas.
Un tratamiento no busca borrar tu enfermedad, sino reducir su impacto. A veces, pasar de 20 a 10 días de dolor ya es un éxito.
Acompañar con un profesional de salud mental.
No porque “el dolor sea psicológico” o porque “estás loco”, sino porque nuestras emociones moldean nuestro dolor y cómo vivimos el tratamiento.
Mindfulness, TCC y estrategias de afrontamiento ayudan mucho.
Registrar lo que cambia.
Anotá qué días dolió, cuánto, cómo estabas, qué hiciste. A veces la mejoría es más evidente cuando la vemos escrita.
Tomar decisiones compartidas.
Hablá con tu médico sobre lo que te preocupa, lo que te cuesta, lo que esperás. Que el tratamiento se adapte a vos, no al revés.
Reducir la exigencia.
Si mejorás, no tenés que “recuperar el tiempo perdido”. No hace falta compensar los momentos que tuviste dolor, no tenemos que ser productivas/os las 24 h, ni salir todos los fines de semana a rompernos la cabeza. Cuidate incluso cuando no duele.
¿Y ahora?
Ahora te invito a revisar tu historia con los tratamientos sin culpas.
A preguntarte:
– ¿Qué me pedí a mí mismo/a cada vez que empecé algo nuevo?
– ¿Pude sostenerlo o me exigí demasiado?
– ¿Tuve apoyo o me sentí sola/o en el proceso?
Y a saber esto: no tenés que hacer todo perfecto.
El tratamiento real es una construcción. A veces avanza, a veces frena. Pero vale la pena volver a intentarlo con más herramientas y menos juicios.
Si te sentís identificada/o, no estás sola/o.
Podés sumarte a nuestra comunidad de pacientes y profesionales, donde compartir estrategias, dudas, frustraciones y sobre todo… alivio.
¿Querés que hablemos de cómo construir un plan de tratamiento que sí puedas sostener? Te leo.




Comentarios